Capítulo 13 La tormenta perfecta
Los días pasaron y llegó septiembre. Ramón no me preguntó nada. Ni una sola vez. Quizá Jorge, su amigo, no le había dicho que me vio en Ponclar... o quizá sí lo hizo y él decidió mirar hacia otro lado. Nunca lo supe, pero el silencio pesaba.
El primer fin de semana de septiembre se celebraba la patrona de Fortalba. Sofía y yo llevábamos días planeando salir el sábado, pero el día amaneció con un gris sucio, de esos que no prometen nada bueno. Pasé la tarde en casa de Ramón, aprovechando que él trabajaba, para estar con mis gordis, Goofy y Ziva. Me tumbé un rato en el sofá y, de repente, el cielo se desplomó.
Negro. Truenos. Relámpagos. Un diluvio de esos que no dan tregua. La tormenta perfecta.
Todo indicaba que nos quedaríamos en casa, pero a las cinco y media, casi por arte de magia, el cielo se abrió y salió el sol. Piernas, ¿para qué os quiero? Nos lanzamos a la carretera antes de que el tiempo se arrepintiera.
Fortalba estaba a reventar. Aparcamos cerca del Bar d’en Maneló, que celebraba su décimo aniversario. Al entrar, me puse nerviosa. Sabía por redes sociales que Erik solía ir allí, pero con aquel gentío parecía imposible encontrar a nadie.
Y entonces lo vi entrar por la puerta.
Un tío de casi dos metros no pasa desapercibido.
Amenacé a Sofía con la mirada para que no dijera ni una palabra. Me sentía pequeña, con la autoestima todavía en construcción, y decidí jugar a la indiferencia. Nos refugiamos en un rincón y empezamos a bailar al ritmo del remember.
Durante un buen rato nos estuvimos observando desde la distancia. Miradas furtivas. Cruces de ojos que duraban apenas unos segundos. Los dos sabíamos que el otro estaba allí, pero ninguno dio el primer paso. Ni un saludo. Ni una excusa para acercarse.
Más tarde subimos a la parte de arriba del local y acabamos coincidiendo todos en el mismo espacio. Bailamos, compartimos canciones y algún comentario suelto entre amigos, pero la chispa de Ponclar no apareció. No pasó nada. Ni un momento a solas. Ni una conversación que rompiera el hielo. Solo una sensación extraña, como si ambos estuviéramos esperando algo que nunca terminaba de ocurrir.
Mientras tanto, Sofía y yo nos mezclamos con un grupo de chicos que celebraban una despedida de soltero. El novio iba vestido completamente de blanco y sus amigos llevaban rotuladores para que la gente le dejara mensajes y firmas por todo el cuerpo.
Cómo no, Sofía y yo nos apuntamos a la broma.
Le firmamos cada una en una nalga. Una en cada lado.
Fue entonces cuando apareció uno de los amigos, un chico bastante guapo, y se acercó sonriendo.
—A ver si soy capaz de adivinar quién ha firmado cada lado —dijo señalando al pobre novio.
Yo, en mi línea de aquella época, pensé automáticamente que estaba intentando ligar con Sofía. Mi autoestima seguía tan baja que ni se me pasó por la cabeza que pudiera interesarse por mí.
Pero me equivoqué.
Nos quedamos hablando un buen rato. Era simpático, divertido y la conversación fluía con una facilidad que hacía tiempo que no sentía con alguien desconocido.
A las tres cerraron el local y nos fuimos al pabellón. Volvimos a coincidir con Erik. Seguía amable, pero distante. Como si algo le frenara. Quizá la presencia de sus amigos, quizá la timidez, quizá simplemente no era el momento. Lo cierto es que aquella noche no pasó nada entre nosotros.
El alcohol empezaba a pasar factura, la música no me gustaba y el bajón me golpeó de lleno. Decidimos irnos.
Al salir, volví a encontrarme con el chico de la despedida. Parecía que ambos queríamos seguir hablando, pero en ese mismo instante el cielo decidió vengarse de nuestra escapada.
La lluvia cayó de golpe.
No una lluvia cualquiera. Un auténtico diluvio.
Entre carreras, gritos y gente buscando refugio, no hubo tiempo para intercambiar teléfonos, ni Instagram, ni nada. Solo quedó el recuerdo de una conversación agradable que desapareció tan rápido como había empezado.
El camino de vuelta a Marina Nova fue una odisea. Agua por todas partes, visibilidad nula y nosotras con más copas de la cuenta encima. Solo pensábamos en llegar.
Cuando por fin dejé a Sofía, me quedaba el tramo hasta la urbanización de mis padres. Llegué empapada, tiritando y agotada.
Quince minutos después de meterme en la cama, sonó el móvil.
Ramón.
Se le estaba inundando la casa. El techo era una cascada. Estaba desesperado.
Yo no podía moverme, no en ese estado y con la alerta roja por lluvias sonando en todo el pueblo. Como pude, me dormí entre el ruido de los truenos y la angustia.
Al día siguiente, el caos.
Fui a su casa a ayudarle a salvar lo que quedaba de nuestra vida entre el barro y el agua. Pero el destino no había terminado conmigo: ese mismo día falleció el padre de Dora.
Fui con mi amiga Mara al tanatorio y allí, entre el luto, me encontré con Sandra, la exmujer de Jorge.
Hablando de todo un poco, le conté lo de Erik.
Sandra me miró con una sonrisa de complicidad.
—Jorge me comentó que te había visto besándote con un chico —soltó.
Confirmado.
Ramón lo sabía.
Al día siguiente volví a su casa para seguir limpiando. Él no dijo nada, y yo preferí el silencio. Tiramos cosas, comimos juntos y nos tumbamos un rato en el sofá, como si el tiempo no hubiera pasado.
Pero, de camino al tanatorio por la tarde, me soltó una frase que me dejó helada:
—Si algún día me tuviera que ir de Marina Nova, no me iría ni a Ponclar ni a Fortalba.
Le respondí que, si yo me iba, sería a un paraíso.
Pero me quedé pensando...
¿Por qué me dijo eso?
¿Por qué mencionó precisamente los dos sitios donde yo había intentado volver a sentirme viva?
Ramón sabía más de lo que aparentaba, y su frase con un dardo envenenado directo a mi nueva libertad.

