Capítulo 7 Empoderada (aunque doliera)
Y así, casi sin darme cuenta, llegó junio. El buen tiempo trajo consigo las terrazas llenas, el olor a salitre y las calles recuperando su pulso. Y yo, poco a poco, también empecé a latir.
Estaba más animada, o al menos me esforzaba mucho en parecerlo gracias a las Space Girls: Claudia, Roser e Iria. Ellas me empujaron al mundo de Tinder, donde descubrí que el planeta está lleno de personajes surrealistas que me hicieron reír a carcajadas después de meses de desierto emocional. Pero, aunque la risa ayudaba, la sombra de Ramón seguía siendo alargada.
Y entonces llegó el 23 de junio, la verbena de San Juan.
Para cualquiera es una noche de fiesta, pero para mí era una prueba de fuego. Me fui con las chicas al paseo marítimo del pueblo. En la playa se alzaba la hoguera monumental y nosotras nos instalamos cerca, con nuestras toallas y la cena lista. Sin embargo, yo tenía el corazón encogido. Era el primer San Juan que no pasaba con mis animales. Goofy lo pasa fatal con los petardos; se bloquea, tiembla, sufre. Ziva también se asusta. Yo no podía disfrutar sabiendo que mis hijos peludos estaban pasándolo mal.
Le pregunté a Ramón si estaría en casa; si no, yo me quedaba con ellos sin dudarlo, me daba igual perderme la fiesta. Me juró que no me preocupara, que él se encargaba. Y ahí apareció la Gadget profesional. Pasé horas con el móvil oculto bajo la mesa, mirando obsesivamente su última conexión de WhatsApp. No se conectaba. Cada minuto de silencio era un puñal: «Si no mira el móvil es porque está con otra, los ha dejado solos para irse de juerga». Me imaginaba a mis pequeños temblando en un rincón mientras él brindaba con alguna desconocida. Qué mal lo pasé. Finalmente, le escribí exigiendo saber cómo estaban. Cuando por fin respondió y me mandó una foto de ellos, pude respirar. Pensé: «Ya habrá hecho la faena con quien fuera y ahora, por fin, se ha dignado a estar con ellos».
Con Claudia me acerqué a la hoguera. El calor del fuego me golpeaba la cara mientras echaba a las llamas un papel con todo lo malo de aquel año —que no era poco—. Vi cómo el fuego devoraba mis penas y pedí, con todas mis fuerzas, que llegara algo bueno. Me fui pronto a casa; necesitaba cerrar ese día.
Al día siguiente, el 24, desperté con otra energía. Era el santo de mi padre y celebrábamos su jubilación. Me sentía empoderada, como si el fuego de la noche anterior me hubiera purificado. Me puse un vestido largo con la espalda al aire, taconazos y una actitud guerrera. En la comida familiar hubo un sol que me iluminó todo el día: mi ahijado Jan.
En aquel entonces Jan tenía solo dos añitos. Su risa, sus manitas buscando las mías y su forma de llamarme me daban una fuerza que no sabía que tenía. Los niños tienen esa pureza que te obliga a estar presente. Estar con él me recordaba que, aunque un hombre se hubiera ido, el amor de verdad seguía a mi alrededor. Cuando terminó la celebración, mis padres, Pol y Jan se marcharon, y sentí ese vacío que dejan los niños, pero decidí que la tarde no acababa ahí.
Me quedé con Marina y Biel y les propuse ir al Muelle. Tenía un plan: allí trabajaba un marinero en el que me había fijado. Quería que me viera... y decidí empezar a jugar. Me hice fotos de postureo máximo, luciendo el vestido y mi mejor sonrisa. Las subí todas a mis redes y a mis estados de WhatsApp. Sabía que Ramón me vigilaba y, efectivamente, justo aquel día no se perdió ni una sola de mis publicaciones. Por primera vez, sentí que yo llevaba las riendas del juego.
Pero la calma duró poco. Terminamos la tarde en el Túnel y allí, entre copas, Biel y su hermana soltaron la bomba: Ramón estaba con varias a la vez. Me hablaron de una profesora de gimnasio, de una chica marroquí, de la del beso en la parada del bus...
En ese momento, mi autoestima se desplomó. Me sentí pequeña y ridícula con mis taconazos. Pensé: «¿De qué sirve ponerme guapa si él ya me ha reemplazado por un catálogo entero?». Me sentí una pieza de repuesto. Llegué a casa hundida, me quité el vestido y me metí en la cama sintiendo el frío de la soledad.
Pero entonces, algo hizo clic. Miré el móvil. Recordé a Jan, miré mis fotos y vi a la Aina que se negaba a morir.
«¿Él está viviendo? Pues yo también», me dije.
Con el corazón a mil por hora, busqué al marinero del Muelle en Facebook y le escribí. Fue mi acto de rebeldía. Me respondió al instante. Fue una conversación sencilla, pero ese "ping" me devolvió el color. Por primera vez en meses, alguien me miraba a mí, no a la "ex" de nadie.
Ahí, entre las sábanas de mi cama de soltera, resurgí de mis cenizas. Aquí terminó la zombi y empezó mi verdadera vida.

