Capítulo 8 40 velas
En medio de todo aquel caos, junio fue un mes movidito en todos los sentidos. Ya os he contado casi todo lo que pasó, pero me dejé un detalle importante. Uno de esos que, en teoría, debían marcar un antes y un después en mi historia con Ramón.
El 13 de junio era su cumpleaños. Cumplía cuarenta años. Una cifra redonda, una de esas que habíamos planeado celebrar por todo lo alto cientos de veces. Pero ya no estábamos juntos. ¿Tenía derecho a hacerle algo especial? Mi cabeza decía que no, pero mi corazón —que todavía no sabía rendirse— necesitaba hacerlo.
Empecé semanas antes, como un juego secreto. Cada lunes le entregaba una pista, intentando recuperar un poco de la complicidad perdida. Un día, una caja con dos mecheros. Otro, una carta con instrucciones precisas: ropa elegante pero cómoda, una mochila con pijama y, por supuesto, unos zapatos "bailongos". Incluso le regalé una foto nuestra, de esas divertidas que guardábamos, acompañada de una canción de Juan Luis Guerra.
El 13 de junio llegó el regalo final: un sobre, un pequeño pastel y sus velas. Cuando lo abrió y entendió de qué iba todo, se quedó estupefacto. No se lo creía. Nos íbamos a Barcelona a ver a Juan Luis Guerra. Su artista favorito, el hombre al que siempre había soñado ver en directo. El concierto era el 4 de julio; teníamos las entradas y el hotel reservado.
—¿Esto es para los dos? —me preguntó, casi con miedo.
—Sí, claro. Para los dos —le respondí, intentando que no se me notara el nudo en la garganta.
Él comentó que no sabía si aquello sería bueno para nosotros. Para mí, esas palabras fueron un ultimátum silencioso: si en ese viaje no pasaba nada, se acababa. De verdad.
Y llegó el 4 de julio. El viaje en bus hasta Barcelona fue un preludio de lo que vendría: dos horas de conversaciones vacías y silencios que pesaban más que las maletas. Al llegar al hotel, la ironía del destino nos dio una bofetada: después de doce años durmiendo en camas separadas en los hoteles, ahora que estábamos rotos, nos daban una cama de matrimonio de catálogo. Su cara fue un poema.
De camino a Montjuïc, el móvil de Ramón no paraba de iluminarse. Los corazones iban y venían por WhatsApp. Me dolió, claro que me dolió, pero me obligué a sonreír. Me repetía a mí misma: «Si hoy no pasa nada, se acabó. Pero mientras tanto, la que está aquí sentada a su lado soy yo».
El concierto fue brutal, casi espiritual. Juan Luis Guerra era la banda sonora de nuestra boda y de los mejores momentos de nuestra vida. Ramón me miraba, me daba las gracias, me abrazaba con fuerza. Bailamos, reímos y se me escapó alguna lágrima de pura nostalgia. Fue bonito, muy bonito. Valió la pena solo por verle la cara de felicidad.
Pero la realidad nos esperaba a la vuelta. Al llegar al hotel, él se duchó. Yo me desmaquillé, me puse el pijama y me metí en la cama, esperándolo con el corazón latiendo fuerte. Cuando él se acostó, me dio un beso frío en la mejilla.
—Buenas noches —dijo.
Se giró hacia el otro lado y, a los pocos minutos, su respiración pausada me indicó que se había quedado dormido. Yo me quedé allí, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando el eco de las canciones de Juan Luis Guerra. Y lo supe. Lo supe con una claridad que me heló la sangre: «Aina, esto se ha terminado».
Al día siguiente volvimos a Marina Nova. Pasé por casa a ver a mis bolitas de pelo, a Goofy y a Ziva, y me fui a casa de mis padres. Ya no había más excusas, ni más rituales, ni más viajes de salvación. Sabía que aquello había llegado a su fin.
Y ahora sí. Ahora, por fin, tocaba empezar a vivir mi vida sin Ramón.

